martes, 21 de diciembre de 2010

El niño Ludwig van Beethoven


Exterior de la casa natal de Beethoven, en Bonn
(al fondo)
Ludwig agrupó sus tres primeras sonatas en el Opus 2, publicadas en Viena en 1796 y compuestas posiblemente entre 1787 y 1790, en Bonn. Se observa en ellas una clara influencia de Haydn y Mozart, sin embargo, el adagio de la sonata N° 3 en do mayor sugiere un cierto carácter romántico, que el maestro Claudio Arrau (*) se encarga de poner de manifiesto en la estricta versión que presentamos. Y lo hace de manera sublime. Lo que parece fácil en música, puede no serlo en absoluto.

* (Agregado el 24.08.2011: He debido reemplazar la versión de Arrau porque el video fue quitado por incumplimiento de las normas por parte del administrador de la cuenta de Yt. Logré conseguir una excelente versión de Arturo Benedetti Michelangelli que, por cierto, también puede ser calificada de sublime).

Si la sonata Claro de Luna contiene la apostilla "si deve sonnare tutto questo pezzo delicatissimamente", la profunda y sencilla belleza de las notas de este adagio exige del oyente que ascolte tutto questo pezzo delicatissimamente.



La familia del niño
El abuelo de Beethoven, que no se llamaba Ludwig pero sí Louis, se estableció en Bonn por allá por 1730, proveniente de Holanda, con alguna certeza. Destacado violinista, ocupó allí el cargo de músico de la corte y posteriormente el de maestro de capilla, recibiendo por ello unos estipendios raquíticos que decidió engrosar con la instalación de un negocio de vinos. Mala idea.
No hacía mucho había desposado a Maria-Josepha, una alemana dulce y melancólica, talvez más melancólica que dulce pues al poco tiempo se aficionó a la bebida y años más tarde murió alcohólica.

El matrimonio tuvo un solo hijo, Johann, que heredó de su padre las dotes musicales y de su madre la afición a la ingesta de buenos mostos. Johann casará a su vez con la hija del cocinero de la corte, a quien conoce mientras ocupa la plaza de tenor en el coro de la capilla del príncipe. El abuelo Louis, aun cuando se opuso al matrimonio debido a la baja extracción social de María Magdalena, finalmente terminó tomándole cariño porque fue testigo de los esfuerzos de su nuera por enrielar la disipada vida de su hijo Johann.

Del matrimonio sólo llegarán a la vida adulta tres varones. El hermano mayor es Ludwig, y por lo mismo, será el encargado de acudir a la prisión para identificar a su padre entre los borrachos detenidos.
Pero como Johann no habrá pasado todo el tiempo bebido, bien pronto se percatará de que su hijo si bien no poseía un talento musical innato –como sí fue el caso de Mozart– tenía en cambio unas habilidades asombrosas para el arte de la interpretación. Y decidió entonces encerrarlo todos los días en una habitación, a practicar sus lecciones, de donde solo podía salir cuando demostrara habérselas aprendido.

Johann pretendía replicar a Leopold Mozart pero sin genio ni grandeza, sólo con brutalidad extrema: no faltó la ocasión en que, de regreso de una juerga, bien entrada la noche, hizo levantar a su hijo de la cama para que tocara el clave ante sus amigos bohemios.

Su aprendizaje musical será un deber antes que un deseo, un tormento antes que vocación innata y entusiasmo creador. Una obligación impuesta, que Ludwig, diligentemente, irá transformando en su refugio íntimo, estrictamente personal, el único lugar desde donde podrá irrumpir su genio creador.

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viernes, 17 de diciembre de 2010

El joven Beethoven: los buenos tiempos Sonata Patética - 1er mov.


Vista de la calle Graben, en Viena, por la época en que Beethoven la visitó
por primera vez, en 1787

Para el año 1800, en Viena, Beethoven ya se había hecho de un nombre como pianista y compositor. Entre su círculo de relaciones se contaban príncipes y condes a cuyos palacios era invitado con frecuencia. La invitación era a disfrutar de una agradable velada musical vespertina, pero no faltó la ocasión en que Ludwig se apersonó premunido de su gorro de dormir, por si lo dejaban pasar allí la noche.
Uno de sus mejores amigos, actor infaltable en esas veladas, era el príncipe Franz von Lichnowsky y a él le fue dedicada, entre otras piezas, la sonata llamada "Patética", publicada en 1799 y que ya en esa época recibió una llamativa respuesta popular.

El primer movimiento, allegro molto e con brio, se inicia con una introducción señalada Grave: unos compases sombríos y dolientes se alternan entre el forte y el piano y, tras una rapidísima cascada cromática, van a enlazar y a entremezclarse a la perfección con el allegro propiamente tal.

Sonata Opus 13 "Patética" - Primer movimiento - Piano: Krystian Zimerman



Beethoven había llegado a Viena en el año 1792, a los 22 años. Haydn, de paso por Bonn, le había invitado a tomar clases con él en Viena pero las personalidades tan disímiles hicieron difícil la relación profesor-alumno. Intentó con otros músicos con igual suerte y finalmente fue con el director de ópera Antonio Salieri, maestro de capilla de la corte y presunto envenenador de Mozart, con quien terminó tomando lecciones por espacio de más de 8 años. La relación fue fecunda y es por ello que al momento de publicar la Patética –y si se omite el asunto de su sordera incipiente– el joven Ludwig vivía sus mejores años, plenamente integrado a la sociedad vienesa, en compañía de sus amigos nobles y con la posibilidad nunca vista hasta entonces de "enamorarse de sus hijas", según señala un biógrafo.

Pero frecuentar estas amistades no era gratis. Había que tener lacayos y vestirse bien, cuestión esta última que no siempre conseguía, debido a que era algo rechoncho, por lo que debía hacer un esfuerzo mayor que el común de los mortales y esto significaba dinero.
Pero el dinero no era problema para Beethoven, al menos no lo fue a partir de los años 80. Sus ingresos provenían de cuatro fuentes principales: las actuaciones en público como pianista; la enseñanza, campo en el que buscó una clientela lo más selecta y acomodada posible; la organización de conciertos con obras propias o ajenas; y finalmente, la publicación de sus obras, que sus editores se disputaban a brazo partido, según él. En carta a su amigo médico Wegeler, quien finalmente le ganó la partida en la carrera por la seducción de Eleonore von Breuning, nos cuenta:
"Mis composiciones me proporcionan buenas cantidades de dinero, y tengo varios encargos pendientes de realización. Aún más, para cada obra nueva tengo seis o siete editores, incluso más, entre los que escojo aquellos que más satisfacen a mis intereses; no necesito firmar contrato con ellos; expongo mis condiciones y ellos me pagan de inmediato".
Ser músico no implica ser siervo, parece ser su lema, y por ello el maestro de Bonn buscará sin tregua procurarse la calidad de vida y consideración social que estima imprescindibles para un artista de su talla. Ha nacido el músico romántico.

En la imagen, grabado de Beethoven improvisando al piano para sus amigos. De pie, tras el maestro, el músico y gran pedagogo del piano, Karl Czerny; en primer plano, a la izquierda, el príncipe Lichnowsky; a su lado, el príncipe Lobkowitz; a la derecha, el barón Van Swieten.
El maestro no podría quejarse de que no le prestaban atención.


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lunes, 6 de diciembre de 2010

Beethoven: "Claro de luna" - Adagio

 

La cantante de ópera Magdalena Willmann a quien Ludwig van Beethoven alguna vez propuso matrimonio, respondió así, años después de la muerte del maestro, ante la pregunta de por qué le había rechazado:
"Porque era muy feo y estaba loco".

No conocemos a Magdalena pero al parecer no se guardaba nada. Exageración o no, lo cierto es que la relación de Beethoven con las mujeres nunca fue sencilla, sino más bien compleja y algo torpe. Tampoco ayudaba la dureza de sus facciones, probablemente picadas de viruela, como muchos de sus contemporáneos.

Amén de la cantante, la lista de candidatas a "señora Beethoven" es larga: la condesa Giulietta Guicciardi, las dos hermanas Therèse y Josephine von Brunswick, Therèse Malfatti, Bettina Brentano, Amalie Sebald y un inquietante etcétera.

Ninguna de ellas logró ser desposada por el maestro de Bonn, a pesar del empeño que le puso. La Guicciardi, incluso, tuvo el honor de recibir la dedicatoria de la sonata más famosa de Beethoven, la popularmente conocida "Claro de Luna".

Sonata N° 14 Opus 27 N°2 - Adagio sostenuto - Piano: Wilhelm Kempff


Giulietta contaba con 17 años cuando comenzó a tomar clases con el joven Beethoven, arribado a Viena en 1793. No era muy bonita pero sí encantadora. Al cabo de unos meses de mutuas enseñanzas, Ludwig cayó rendido ante el embrujo de la contessina, para quien –hemos de lamentar– este joven pianista de 23 años que recién se abría paso en la sociedad musical vienesa, era muy poca cosa.

Pero Ludwig no le tomó rencor. Y la sonata, compuesta en casa de los Brunswick en 1801 (donde pasó una temporada, mirando de reojo a las dos hermanas ya nombradas) y publicada en 1802, le fue dedicada a la condessina con todo cariño aunque con un error de imprenta: "... composta e dedicata alla damigella contessa Guilietta Guicciardi".

Adagio. Comienza la melodía.

El movimiento con que se inicia la sonata representa una ruptura con el molde clásico. En vez de la tradicional estructura de movimientos: rápido - lento - rápido, podemos oír aquí que Beethoven ha optado por comenzar con un adagio muy lento, que lleva precisamente la indicación: adagio molto. Una bella y simple melodía sobre un fondo de tresillos.

El título popular de la sonata, "Al claro de luna", se debe a un poeta y crítico musical de la época, Heinrich Rellstab, quien comparó el adagio con un claro de luna sobre el lago de los Cuatro Cantones, en Suiza. En su gran mayoría, los títulos con que se han popularizado las sonatas de Beethoven, deben su nombre a los editores o a uno que otro entusiasta poeta romántico.

En los últimos compases, es la mano izquierda la que toma, en el registro bajo, el sol sostenido con que empezó el canto (4:47).

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domingo, 28 de noviembre de 2010

JS Bach: Preludio N° 2 del Clave Bien Temperado I


Vista de Köthen actual, desde el puente St. Jacob.

Johann Sebastian Bach compuso los 24 preludios y fugas del Libro I del Clave Bien Temperado mientras se desempeñaba como maestro de capilla en la ciudad de Köthen. Había llegado allí en 1717, luego de que su empleador de entonces, el duque de Weimar, levantara el castigo y lo liberara de la cárcel adonde lo había metido preso.

El duque de Weimar tenía sus rarezas, de variada índole, las que fueron entorpeciendo paulatinamente las relaciones con el "lacayo" Bach (es decir, el asistente encargado de diversos menesteres), quien le servía desde 1708 en el doble cargo de organista de la corte y músico de cámara.
Súmese a esto el carácter levantisco del konzertmeister Johann Sebastian, cierta tosudez y obstinación que a lo largo de su vida dificultó no pocas veces el trato con sus superiores.

Así las cosas, el año 1717, al enterarse de que había sido recomendado para la corte de Köthen en el cargo de kapellmeister, ni corto ni perezoso Bach aceptó el puesto enviando inmediatamente su familia a Köthen. Pero no había pedido la imprescindible autorización del duque...

Cuando solicitó la autorización, ya era demasiado tarde. El duque, muy molesto, le respondió con el "silencio administrativo". Bach insistió, seguramente no en los mejores términos y el duque perdió la paciencia.
Al cabo de 4 semanas preso, obtuvo la licencia pero "con ánimo mal dispuesto", según reza la nota del secretario de la corte. Bach pudo finalmente partir a juntarse con su familia en Köthen y hacerse cargo de su puesto, donde permaneció hasta 1723.

Del preludio N°2 del Libro I del Clave Bien Temperado existe una versión inconfundible. Es la de Glenn Gould, pianista canadiense que renovó la interpretación de Bach, pese a que tocaba sentado al piano en una silla de patas cortas, con su barbilla casi rozando el teclado (lo que no veremos aquí pues sólo pude conseguir el audio).



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martes, 16 de noviembre de 2010

Preludio N° 1 de Bach: la mitad de un Ave María


Preludio N° 1 del Clave Bien Temperado, a la espera de ser interpretado.

Hace algunos años, a muchos de nosotros (y nosotras) nos tocó avanzar muy orondos por la nave central de la iglesia, del brazo de nuestra pareja para toda la vida. Caminábamos a paso lento, dichosos, al compás de una melodía muy hermosa que se conoce con el nombre de Ave María de Schubert, uno de los tantos Ave María compuestos por diversos autores en el transcurso de muchos años. Es el más popular, desde luego, y de ahí que con toda seguridad haya sido el que escuchamos en la oportunidad referida, saludando a nuestro paso a amigos y familiares con nuestra mejor sonrisa, porque éramos felices.

Pero hay un autor que compuso la mitad de un Ave María sin proponérselo. Para ser justos, compuso bastante más que la mitad.
Era el año 1722 y Juan Sebastián Bach comenzaba a escribir su máxima obra pedagógica y sistemática para clave: El clave bien temperado. Este libro consta de 24 preludios y fugas, para las doce tonalidades mayores y las doce menores. La obra, de enorme trascendencia, contribuyó a imponer ni más ni menos que la división de la octava en doce medios tonos cromáticos iguales, lo cual permitió desarrollar hasta el límite el mecanismo de las modulaciones, es decir, el paso comedido de una tonalidad a otra, en la misma pieza.

El primer preludio está escrito en la tonalidad de do mayor:  lo escuchamos en una muy modesta versión realizada en un teclado digital:



Pues bien. Por allá por la década de 1850, el autor de Fausto, el compositor francés Charles Gounod, encontrábase disfrutando de su propia interpretación del preludio que escuchamos cuando repentinamente la musa le golpeó con delicadeza un hombro y le enseñó una melodía que él denominó al instante "Meditación sobre el Preludio N° 1 de Bach". Al poco rato, se le ocurrió que la antiquísima oración en latín llamada precisamente Ave María, le venía a su bella melodía como anillo al dedo.
Es lo que hoy conocemos como el Ave María de Bach-Gounod, algo menos popular que el de Schubert, pero, en mi opinión, tanto o más hermoso.

En la tradición de la música popular, cuyas partituras llevan el encabezado: letra: fulano, música: mengano,  la partitura del Ave María Bach-Gounod, debe rezar (digo debe porque no lo sé):
Melodía: Charles Gounod
Base armónica y rítmica: Johann Sebastian Bach.

La versión que se presenta es para arpa y cello (Yo-Yo-Ma en el cello), lo que permite distinguir claramente el preludio, por una parte, y por otra, el trabajo, talentoso por cierto, de Gounod.

Ave María Bach-Gounod



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domingo, 31 de octubre de 2010

Hannibal Lecter y las Variaciones Goldberg


Portada del Clavierübung IV, más tarde conocido como las Variaciones Goldberg.
El subtítulo reza: "Aria con diversas variaciones para clave de dos teclados manuales".

No existe nadie en el mundo que no sostenga que la música llamada clásica relaja el espíritu y ahuyenta los diablillos internos. Quienes así piensan se consideran a sí mismos unas buenas personas, almas sensibles incapaces de matar una arañita. (No siempre es así.)

Una obra que cumple plenamente con el propósito antedicho, son las Variaciones Goldberg, composición para teclado que Juan Sebastíán Bach completó alrededor del año 1742, casi al final de su vida, cuando se desempeñaba como kantor en Leipzig. La obra la conforman un aria y 30 variaciones a cuyo término se retoma el aria inicial en versión breve, como para recordar de dónde venía todo. La obra completa dura poco menos de una hora, que se acostumbra tocar de un tirón, si bien el intérprete por lo general se toma un descanso después de la variación número quince, y es lo que apreciamos hace poco en versión de Alfredo Perl en el Teatro Municipal de Santiago, donde tuve el agrado de acudir en compañía de mi última conquista.
Pero me estoy alejando del tema.

Según un biógrafo de Bach, las variaciones fueron compuestas a pedido de un conde de la ciudad de Dresde, para que su clavecinista, de apellido Goldberg, las interpretara en sus noches de insomnio. El propósito se cumplió plenamente y por ello Juan Sebastián fue generosamente recompensado.
Escuchemos el aria. La versión es del pianista -e ingeniero- Francois de Larrard:

Variaciones Goldberg - Aria:


Muchos pero muchos años más tarde, la novela de Thomas Harris, The Silence of the Lambs, retratará a un temible psiquiatra asesino, el doctor Hannibal Lecter, como amante amantísimo de la música de Bach. La película del mismo nombre, pone en escena al doctor Lecter, embelesado, minutos antes de matar salvajemente a los policías que lo custodian, oyendo el aria de las variaciones, tal como lo hacemos nosotros, en este momento.

Los policías le llevan la cena y deben abrir la reja de la jaula donde está encerrado Hannibal. Se oye parte de las variaciones 6 y 7.

Var 6 


Var 7



Durante el acto maldadoso, se oye parte de las variaciones 13 y 21. Aquí van completas:


Var 13


Var 21




El doctor Lecter ya se ha deshecho de sus custodios. A uno le comió parte de la cara y al otro lo mató a palos. Cumplida ya la tarea, gozoso, Hannibal disfruta de la versión corta, final, del aria. Almas sensibles hay en todas partes.

Aria final



[Agregado el 07.09.2014]
A continuación, la obra completa en versión del extraordinario y originalísimo pianista canadiense Glenn Gould, quien reinventó la manera de interpretar a Bach, pese a que tocaba sentado en una silla baja que a duras penas le permitía mantener sus muñecas a la altura del teclado. Es una grabación de 1981, y es la versión que en la película escucha Hannibal Lecter.


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domingo, 24 de octubre de 2010

Johann Sebastian Bach: "Aria en sol"



En 1750, el mismo año de su muerte, una eminencia médica de origen inglés, de paso por Leipzig, recomendó a Bach operarse de la vista pues si no lo hacía se podía quedar ciego. Johann Sebastian, reticente al principio, finalmente accedió a someterse a una intervención quirúrgica a cargo de la eminencia médica, pero la operación no tuvo los resultados esperados, por lo que la eminencia sugirió una segunda intervención. Esta vez, el padre de la música occidental quedó ciego completamente.

J.S. Bach (1685 - 1750)
Cuadro de 1748
Afortunadamente, a esa altura, Bach ya había producido casi la totalidad de sus 1087 composiciones, según el catálogo Bach (BWV: Bach Werke Verzeichnis), habiendo abordado en ellas prácticamente todas las formas musicales con excepción de la ópera, género para el cual no compuso nada.

Suite N° 3
Una de sus obras orquestales más conocidas es la suite N° 3, de un total de cuatro que compuso. La suite, también llamada obertura, es una sucesión de danzas de la época con nombres franceses: allemande, courante, bourrée, sarabande y otras, terminando con una giga; la estructura estuvo muy de moda en los siglos XVI y XVII, a causa de la influencia de la corte francesa. En el caso de la suite N° 3, ésta incluye como segundo movimiento un "aria" que se ha hecho aún más popular que la suite completa. La belleza musical del aria tiene como soporte una melodía principal que se entreteje eficazmente con las otras líneas melódicas que conducen el violín y la viola.

JS Bach. Aria de la Suite N°3. The Amsterdam Baroque Orchestra.



Después de la muerte de Bach, estas suites cayeron en el olvido más absoluto y sólo volvieron a sonar –como tantas otras obras de Bach– recién en febrero de 1838, cuando Félix Mendelssohn dirigiera ésta, la suite N° 3, completa, en Leipzig.

Existen numerosísimas versiones del aria para diferentes instrumentos. Una de las que ha contribuido en mayor medida a la popularización de la obra es un arreglo para violín y orquesta que realizó un compositor alemán del siglo XIX, transponiendo el aria desde la tonalidad original de re mayor a sol mayor permitiendo de este modo que la melodía principal pueda ser ejecutada por el violín en una sola cuerda, la cuerda de sol. De ahí su nombre popular: "Aria para la cuerda de sol".

Un cambio radical en la atmósfera de la pieza, "modernizándola" por completo, es el que realizó sobre ella el pianista de jazz Jacques Loussier quien, allá por los años sesenta, acompañado de sólo un bajo y percusión, logró plasmar una versión jazzística con la cual Johann Sebastian se habría ido de espaldas. Gracias a Jacques, podemos decir que Bach está todavía aquí, como uno más de nosotros.

The Jacques Loussier Trio. Aria de la suite N° 3 de JS Bach. [Versión post "sesentas"]


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martes, 21 de septiembre de 2010

Mozart: Concierto para piano N° 20


Konstanze Mozart, de soltera Weber

Mozart y Konstanze
Cuando en 1780 Wolfgang se enteró de que Aloysia Weber, su primer amor, acababa de casarse con otro, no se echó a morir ni pensó en el suicidio. (Tal vez porque faltaban 4 años para que Göethe lanzara al mundo sus Cuitas del joven Werther.) Simplemente giró en redondo y fijó su vista en los ojos negros de la pequeña Konstanze, un año menor que su hermana Aloysia, y que andaba por ahí, dando vueltas.

Se casaron en 1782, y los años que van desde ahí hasta su muerte, en 1791, probablemente sean los más felices que Wolfgang haya podido vivir. Profundamente enamorados, dos años más tarde, en vísperas de que Nannerl contrajera matrimonio, Konstanze y Wolfgang no dudaban en enviarle palabras como éstas: "Ojalá que vivan tan bien como nosotros".

Concierto No 20, en re menor
Inmersos ambos en la rutilante vida artística de la Viena de la época, el año 1785 encuentra a Mozart entregado a una intensa vida musical. Es por lo mismo un año pródigo en publicaciones.
Por la popularidad que logró conseguir, destaca entre ellas el concierto para piano y orquesta N° 20, en re menor.
Beethoven, que para ese entonces tenía quince años, mantendrá en su repertorio este concierto, por muchos años. Y compondrá las cadenzas (sección de piano solo, destinada a que el intérprete improvise o meta su cuchara elaborada de antemano) para éste y otros conciertos.

En esta versión de Mitsuko Uchida, como pianista y directora, las cadenzas son, precisamente, de Beethoven. Estructurado a la manera tradicional: movimientos rápido - lento - rápido, el primer movimiento comienza con una introducción a cargo de la orquesta que se extiende por dos minutos. Tras ella, entrará el piano solista.


Una década de triunfos
Por esos años, la fama de Mozart se había acrecentado. Un periódico vienés, comentando un concierto suyo, habla de su "merecida fama" y señala que Wolfgang ya es "conocido universalmente".
Es cierto que su principal fuente de ingresos la siguen constituyendo las clases. Pero además daba conciertos con bastante regularidad, interpretando él la parte solista en los conciertos para piano. A esto se suma el gran número de publicaciones que si bien, de una en una, no eran muy bien pagadas, la suma total ayudaría, suponemos, con su granito de arena a parar la olla. Otra fuente de ingresos nada menor la constituyen las representaciones de sus óperas. No todas redituaron como hubiese querido pero también es cierto que con algunas de ellas logró echarse unos buenos pesos ("gulden", para ser estrictos) al bolsillo.

Las estrecheces, pese a todo
Por ello resulta al menos curioso que la pareja haya tenido que sufrir continuas estrecheces económicas, al punto de que Mozart tuviera que pedir dinero prestado a varios amigos masones en numerosas oportunidades, donde aprovechaba también de solicitar que por favor le enviaran alumnos, sin dejar de recordarles que "cobraba barato".
Un buen número de estudiosos le echa la culpa de todo esto a la pobre Konstanze. Que no sabía medirse en sus gastos, dicen. Que era frívola y le gustaba el lujo. Algo de eso hay, al parecer. Pero asimismo, año tras año, si Konstanze no estaba embarazada, es porque estaba enferma. Por ello, prefiero quedarme con la opinión más aterrizada de Nannerl, que por lo demás, es de primera mano:
"Mi hermano no sabía cómo llevar su economía, y en esto, Konstanze era incapaz de ayudarle".

Wolfgang Amadeus Mozart murió el 5 de diciembre de 1791, a los 35 años. Al día siguiente nació el mito de la fosa común y de la tempestad. No hay tal fosa, aunque nadie anotó el lugar exacto donde había sido sepultado. Y la tarde del 6 de diciembre fue una de las más apacibles y soleadas de ese otoño vienés.

Indicación, para no perderse, hacia la tumba de Mozart, en el cementerio de San Marcos.
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martes, 31 de agosto de 2010

Mozart: Sonata La Mayor (marcha turca)


Vistoso edificio de ladrillo rojo, en la Avenida Mozart, París

En 1778, Wolfgang Amadeus ya no tenía nada de niño prodigio y por ello se encontraba en París intentando cimentar un futuro como músico y compositor maduro. Fruto de ese esfuerzo nacieron allí ese año tres sonatas para piano, mismas que un perspicaz musicólogo e historiador dio en llamar "sonatas parisinas". De ellas, la que escuchamos más a menudo es la sonata en La mayor, debido probablemente a que su tercer movimiento se convirtió con los años en una de las piezas más famosas de Mozart, la popularmente conocida "marcha turca".

Esa estancia en París era el resultado de su "desafectación" de la corte de Salzburgo, a la que había renunciado el año anterior, tras la presentación de una sarcástica carta a su empleador, el príncipe-arzobispo Colloredo. Pero, luego de año y medio de intentos infructuosos por lograr una posición en la corte de alguna ciudad exuberante de vida musical, como Munich, París o Viena, Amadeus se vio obligado a regresar a Salzburgo, con la cola entre las piernas. Pero con las tres sonatas publicadas bajo el brazo.

En enero de 1779, Wolfgang estaba de regreso en Salzburgo para hacerse cargo del puesto de organista de la corte que su padre Leopold había conseguido para él. Volvía a estar bajo las órdenes de Colloredo. Sus obligaciones: tocar en la corte y en la catedral, ayudar en la instrucción de los niños del coro y componer cuando fuera necesario.

Durante el tedioso verano salzburgués de 1780, Mozart recibió el esperado encargo de componer una ópera para la corte de Munich, adonde el compositor debía desplazarse pues era imprescindible conocer a los cantantes para componer las arias. Colloredo accedió a otorgar el permiso pues en cierto modo la petición de Munich lo beneficiaba. Y así pudo Wolfgang emprender el viaje, en una curiosa mezcla de "comisión de servicio" y "pololito".

La ópera –Idomeneo– se estrenó recién en enero del año siguiente, con gran éxito. Leopold y Nannerl acudieron al estreno y luego, al regreso, decidieron celebrar disfrutando de unas merecidas vacaciones en Augsburgo. Pero una orden del príncipe-arzobispo interrumpió el jolgorio. Mozart debía presentarse inmediatamente en Viena pues Colloredo iba de invitado a la coronación de José II y asistiría con toda su pequeña corte personal, que incluía, naturalmente, al tecladista Mozart.



La sonata en La mayor consta de tres movimientos: andante grazioso, menuetto (6:53) y rondó alla turca (10:24). El primer movimiento, a diferencia de lo típico, es decir, en vez de la estructura A-B-A o similar, está conformado por un tema y seis variaciones. La versión, notable, es de la brillante pianista nacida en Letonia, Olga Jegunova.


Probablemente a raíz de este viaje obligado a Viena, Wolfgang entendió que ya sería hora de abandonar definitivamente a Colloredo y su corte ramplona. Por ello, se comportó algo descomedidamente con el arzobispo: comenzó por restarse a la visita de la mañana que debía hacer todo criado; luego sumaría otras muestras de independencia y rebeldía.
Para Colloredo no pasó inadvertido el mal comportamiento de Wolfgang. Lo obligó a sentarse a la mesa después de los ayudantes de cámara, aunque antes de los cocineros. Wolfgang consideró que esto era el colmo y pidió una entrevista que Colloredo le concedió, de malos modos.
La confrontación tiene que haber sido muy áspera. En carta a su padre, Wolfgang relata que Colloredo lo trató de haragán, imbécil y díscolo. Después de soportar estoicamente los insultos, preguntó:
"–¿Su gracia, entonces, no está contento conmigo?
A lo que el arzobispo respondió indignado:
"–¡Miren, miren, ahora este imbécil quiere amenazarme!"
Es en este punto donde algunos estudiosos señalan que se habría presentado el asunto del puntapié en el trasero. La verdad estricta es que Mozart presentó su dimisión al día siguiente y le fue aceptada un mes más tarde.

Este nuevo estilo de vida implicaba estar al tanto de la moda. La de aquellos años, tenía a la sociedad europea con el oído puesto en el sonido de las marchas de los soldados de la guardia imperial turca, por una razón incierta, como toda moda. El rondó, tiene ahí su origen.


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domingo, 8 de agosto de 2010

Mozart: Concierto piano N° 21 - Andante


Vista de la Viena urbana, en tiempos de Mozart

En sus escasos 35 años de vida, Mozart alcanzó a componer 27 conciertos para piano y orquesta. Los primeros, compuestos a partir de los 11 años, tenían como destinatarios no al virtuoso del teclado sino al diletante, es decir, al amante de la música que pudiera pagar la partitura impresa y que contara con amigos tan músicos como él pero capaces de acompañarlo, para disfrutar de una velada agradable un día cualquiera.
Es el caso, por ejemplo, del concierto N° 7 para tres pianos, compuesto en 1776 para las dos hijas de una tal condesa Logron y donde Mozart confía a una de ellas una parte extremadamente sencilla, porque la niñita tocaba muy poco.

Años más tarde, ya instalado en Viena, surgirán los conciertos que van a exigir al intérprete bastante mayor habilidad y destreza. Para ello, Mozart trabajó duro. Sólo entre los años 1784 y 1786 compuso la considerable cifra de 12 conciertos para piano y orquesta. Se había casado en 1783 con Constanza Weber (lo que a Leopoldo, el padre de Wolfgang, no le hizo ninguna gracia) después de fracasar en el cortejo algo ingenuo de la hermana mayor de ésta, Aloysia. Y al parecer, le apuntó, porque después de dos años de intensa vida marital −según cuentan los biógrafos− el mundo vio llegar de la mano de Wolfgang, en 1785, tres conciertos, dos de ellos probablemente los más famosos hasta nuestros días: los conciertos N° 20 y N° 21. De estos dos, el más popular es el último. También, el más abordable.



Desde tiempos inmemoriales, Televisión Nacional de Chile nos hace escuchar el movimiento central −andante− mientras nos informa de las condiciones meteorológicas del país. Y a pesar de ser éste un país larguirucho, el informe del tiempo termina antes de que acabe el andante.
La pieza se inicia con una exposición muy calma y reposada a cargo sólo de la orquesta. Al poco rato entrará el piano, más o menos a la altura de Antofagasta, y entonará el tema principal en la tonalidad de fa menor (1:27).

El pronóstico para los próximos tres días cierra el Informe cuando estamos a punto de escuchar la anhelante modulación de la tonalidad de do menor a la bemol, momento en que el ritmo se recoge y la orquesta calla antes de retomarse el tema inicial en la nueva tonalidad (4:28).

La versión es del pianista venezolano Pablo Arencibia y la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas. Segundo movimiento −andante− del concierto para piano y orquesta N° 21 en do mayor de W.A. Mozart, "la música del tiempo".

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jueves, 22 de julio de 2010

Leopold Mozart, Wolfgang y Nannerl


Wolfgang Amadeus y su hermana Maria Anna, llamada Nannerl,
en un miniatura de c. 1785

En el verano de 1763, Leopold Mozart concluyó que ya era hora de dejar atrás Salzburgo definitivamente y partir en una gran gira internacional con su retoño Wolfgang Amadeus y su hermana mayor, Nannerl, quienes desde muy niños habían mostrado un talento musical extraordinario.
Un año antes, en 1762 (Wolfgang no cumplía seis años) habían visitado Münich con gran éxito y luego en septiembre del mismo año habían deslumbrado a las cortes de Viena, cosechando aplausos fervorosos en ambas ocasiones además de uno que otro regalito como relojes o vestidos elegantes, y también algunos besos en las mejillas.

Al regreso de estas visitas 'relámpago' cuyo viaje de ida como de vuelta tomaba un par de semanas, Leopold comenzó a planificar una extensa gira por Europa que va a durar más de tres años, llevándolos a recorrer toda Francia  y toda Inglaterra, para dar a conocer al mundo lo que él llamaba "el regalo que Dios me ha concedido", y esperando obtener de ello, naturalmente, algún dinerillo, que ni entonces ni ahora nunca ha estado de más.

Leopold estaba en lo cierto. El enorme periplo fue todo un éxito en varios sentidos: el pequeño Wolfgang, de 7 años, se dio a conocer en las cortes de grandes monarcas y príncipes; también realizaron su 'número' en todos los pueblos que los vieron pasar; profundizó su experiencia como músico, como improvisador y compositor; encima de todo ello, ganaron dinero, y bastante.

Pero todo esto no cayó del cielo ni surgió porque sí.
Leopold, visto ahora desde nuestra perspectiva, se comportó, en la segunda mitad del siglo XVIII, como un avezado emprendedor del siglo XXI. El productor Leopold, antes de llegar a cada pueblo, hacía publicar en los periódicos locales un aviso anunciando la llegada de estos niños geniales e informando de las maravillas que podían hacer con un teclado en sus manos, incluso si éste era cubierto con un paño de modo que los niños no pudieran ver las teclas.
Un aviso en un periódico londinense, de 1763, reza así:
"A todos los amantes de las ciencias:
El mayor prodigio de que Europa, y aun la naturaleza humana, puede enorgullecerse es, sin duda, el niño Wolfgang Amadeus Mozart: un niño de 8 años que ha causado con toda justicia la admiración no solo de los hombres más eminentes, sino también de los más grandes músicos de Europa. Es difícil decir qué cosa es en él lo más admirable, si su ejecución en el clavicémbalo y su lectura a primera vista, o su propia inventiva, fantasía y composiciones para todos los instrumentos. El padre de este milagro, viéndose obligado por el deseo de varias damas y caballeros a posponer, por muy breve tiempo, su partida de Inglaterra, ofrece la oportunidad de oír a este pequeño compositor y a su hermana, cuyo conocimiento musical no necesita ser ensalzado. Actúan cada día de la semana, de 12 a 3, en la gran sala de Swan and Hoop, en Cornhill. Entrada: 2 chelines y 6 peniques por persona".


Pero si Leopold fue un extraordinario productor de eventos, no lo hizo tan bien como manager o promotor. Infructuosos fueron sus esfuerzos –afortunadamente por conseguir para Wolfgang un empleo estable en una corte encumbrada que no fuese la de Salzburgo, que ni siquiera era encumbrada.

Es verdad que María Teresa de Austria le regaló en Viena un traje de gala a cada uno de los niños en su visita de 1762. Pero no es menos cierto que algunos años más tarde, en 1771, le contestaba a su hijo el archiduque Fernando quien la consultaba por la posibilidad de que Wolfgang le prestara sus servicios, que ni se le fuera a ocurrir admitir en su corte a "un compositor ni a otras gentes inútiles parecidas" y en particular, a ninguno de los Mozart "que andan rodando por el mundo como pordioseros".

No vamos a negar que a María Teresa se la recuerda como gran impulsora de las ciencias y las artes. Diríase que fue una genuina representante del despotismo ilustrado, si bien en este caso la anécdota la muestra un poquitín más déspota que ilustrada.
La emperatriz se fue de este mundo en 1780 así que es posible que alcanzara a disfrutar de alguna de las tres sonatas que el pordiosero Mozart compuso en París, en 1778.

No tan conocida como la sonata en La mayor a propósito de su movimiento final, el rondó alla turca o marcha turca pero tanto o más bella que ésta, es la sonata en Fa mayor. Muestra la típica estructura clásica de movimientos rápido - lento - rápido. El movimiento lento es uno de los adagios más dulces y delicados de la música para teclado de la época.




Pero Wolfgang Amadeus, como se sabe, no compuso sólo para el piano. También compuso ópera. A continuación, se presenta el aria "Soave sia il vento" de la ópera bufa Cossi fan tutte, compuesta en 1790, un año antes de que el mundo perdiera a Wolfgang. El mundo había perdido al incansable productor Leopold en 1787.
A veces, los sentimentalismos pueden jugarnos una mala pasada. No faltan quienes sueltan abundantes lágrimas ante este canto de inconsolable abandono y dolorida tristeza. El canto es un adiós, pero un adiós fraudulento: el varón está engañando a las chicas para ganar una apuesta. Lo que no quita que el terceto sea bellísimo. Tal vez el dolor lo haya impuesto una tristísima escena de la película The Closer, en que una desequilibrada ruptura amorosa tiene lugar en los pasillos de un teatro mientras al interior de éste, los cantantes interpretan el aria.


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lunes, 5 de julio de 2010

Chopin: Fantasia Impromptu



Mientras residió en París, Chopin compuso cuatro impromptus en el lapso de ocho años; el primero de ellos en 1834, cuando tenía 24 años, y que nunca llegó a publicarse en vida del autor porque el propio Chopin lo retiró del catálogo de sus obras. Tuvo que ser su amigo y pianista Julian Fontana quien lo publicara en 1855, seis años después de su muerte, desoyendo su petición de echarlo a la hoguera si acaso respaldado porque la pieza estaba, precisamente, dedicada a él.
Acertada decisión, pues con los años se convirtió en el más famoso de todos los impromptus, llegando incluso –no se sabe cómo– a tener nombre propio: Fantasia Impromptu.

La pieza está compuesta fundamentalmente de dos partes, primero un allegro agitato al que sigue una melodía serena y muy lírica, moderato cantabile, que luego va a dar paso a la repetición del primer tema, para finalizar con la mano izquierda cantando las primeras notas de la melodía central mientras la derecha, cada vez menos furibunda, va muriendo de a poco.
Característico de la primera parte es su polirritmia, es decir, las manos llevan distinto ritmo simultáneamente: mientras la izquierda hace semicorcheas la derecha hace tresillos. Pero no es tan complicado después de todo. Viene a ser algo así como si te pidieran que por cada segundo que pasa, dieras dos golpes con la mano izquierda y tres con la derecha. Los niños de las zonas tropicales lo consideran un juego de niños. Lo he visto –y oído– con mis propios ojos –y oídos.

Escuchemos un corto trozo del primer tema a una velocidad muy lenta, harto inadecuada para apreciar la música pero perfecta para ilustrar la confrontación de semicorcheas y tresillos y veamos cuán feo pueden sonar las notas antes de convertirse en música.



Y ahora, exactamente el mismo trozo, a una velocidad normal, sumados la intención, la magia, el estado de gracia y el pedal:



Claramente, la composición se ha vuelto más sustanciosa a la velocidad que Chopin demanda, allegro agitato, es decir, rápido y agitado.

Sin embargo, creo que la niña que gustosamente ha accedido a ilustrar el comienzo de estas notas –y que escuchamos a continuación(*)– exagera un poco el allegro agitato (allegro significa rápido, no muy rápido ni rapidísimo, te lo digo con todo el respeto, el cariño y la admiración que te tengo, Vale), la niña se excede un poco en el allegro, digo, y muestra de ello es que poco antes del bello tema lírico de la parte central, ha dejado al descubierto su hombro derecho por exceso de entusiasmo en las vigorosas octavas que lo anteceden. Aparte de esto, toca bellísimo.
(*) [Modificado el 5.09.2014: Lamentablemente, ya no podemos disfrutar del video de Valentina (tampoco de su hombro). Youtube lo ha retirado por reclamación de infracción del copyright. En su lugar, he escogido una versión de la excelente pianista china Yuja Wang, nada sobresaliente, pero lo novedoso es que apenas tenía 9 años.]


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viernes, 18 de junio de 2010

Chopin: "Vals del minuto", opus 64 No1



La niña del cuadro es la condesa polaca Delfina Potocka, a la edad de 23 años. Respondía a ese nombre inelegante por la sencilla razón de que cinco años atrás se había convertido en la esposa del conde Potocki. De soltera no se llamaba así pero al casarse con el conde se ganó el apellido y devino condesa. Una cosa por la otra.
La Potocka no fue nada feliz en su matrimonio y después de divorciarse del conde en 1830, se dedicó a recorrer el mundo, es decir, primero paseó por toda Europa, después vivió un tiempo en Londres y finalmente se radicó en París.

De naturaleza sensible, Delfina acostumbraba recibir en sus salones a diversos artistas de la época: músicos, poetas, pintores, novelistas. Allí se reencontró con Frédéric Chopin en 1831, justo cuando Frédéric no vislumbraba otra opción que ganarse la vida dando lecciones de piano. Y la tomó como alumna. Se rumorea que hubo algo más que eso, pero parece ser falso. Un año antes, Chopin había contado a un amigo que asistió a una cena "en casa de la bonita esposa" del conde Potocki... Pero de ahí no pasó.

No obstante, a lo largo de muchos años, desde el lugar donde se encontraran, se enviaron cartas. En ellas Chopin le anunciaba, si era la ocasión, que tal o cual pieza le había sido dedicada. En 1847, la homenajeó con una más de sus composiciones, un pequeño vals.
Delfina, como alumna de Frédéric, había mostrado ser una estudiante aplicada, así que haríamos bien en suponer que debía poder interpretar el vals a la velocidad dispuesta por su maestro: molto vivace, es decir, muy vivo o, muy animado.
El pequeño vals se popularizó y llegó a tener nombre propio: "Vals del minuto" se le llamó, por su corta duración.

La versión es de la pianista ucraniana Valentina Lisitsa, bastante vivace pero impecable.


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jueves, 10 de junio de 2010

Chopin: Marcha Fúnebre



El primer encuentro que tuvo Chopin con la novelista alternativa George Sand no pudo haber sido más promisorio...
–Qué antipática es esa Sand– comenta Chopin a un amigo–. ¿Es una mujer? Lo dudo...
Casi simultáneamente, al otro extremo del salón, Sand murmura al oído de una amiga:
–Ese señor Chopin, ¿es una niña?

Era el otoño de 1836 y ambos asistían a un velada en un hotel parisino, invitados, separadamente, por Liszt y Marie d'Agoult, su compañera del momento. La velada transcurrió amablemente y a su término, nada hacía presumir que Frédéric y la Sand volvieran a verse alguna vez.
Pero como la vida te da sorpresas, al cabo de pocos meses, la escritora que usaba pantalones y fumaba cigarros no albergaba en su cabeza otra cosa que pensamientos para su Chip, su Chop, su Chopinski, como lo llamaría más tarde.
Chip se dejaba querer.

Así llegó octubre de 1838, cuando después de varios intentos, la Sand logró llevárselo por fin de vacaciones a Mallorca. Todo fue de maravillas hasta que el verano mallorquín cambió radicalmente a fines de noviembre y Frédéric, y la Sand, y los hijos de ésta, se vieron forzados a pasarse el día encerrados en sus calamitosos cuartos. En enero, el clima era insoportable. Mal guarecidos de la lluvia y el viento que acechaban afuera, Chopin componía, la Sand escribía y es probable que los niños se aburriesen.

Pero por las noches podían leer juntos a la luz de las velas y tal vez en ese escenario pudo materializarse algún momento cálido, un instante inesperado de gracia que hará que Frédéric se precipite a su pianola indecente (antes de que le llegara el piano que le envió su amigo Pleyel) a plasmar el Interludio que va justo en medio de la Marcha Fúnebre, compuesta según algunos, ese verano horripilante, y que le ha venido de perillas a este mundo, para despedir de él, siglo y medio más tarde, a J.F. Kennedy, por ejemplo, y también, quién lo diría, a Stalin y Brezhniev, entre otros. Aunque no tiene por qué resultar tan obvio, también se interpretó en el funeral del propio Chopin, amén del Requiem de Mozart por expresa petición del difunto.

El Interludio, todo un hallazgo por su apacible belleza en medio de tanta solemnidad, es precedido por una octava baja, inmediatamente a continuación de la melodía más célebre.


Componer al menos una marcha fúnebre fue tarea obligada para los músicos de los siglos XVIII y XIX. De la mano de la Sand –con quien después de todo vivió espléndidos ocho años– Fréderic ha entregado al mundo quizá la más famosa de todas, la que va a adquirir vida propia.
En un principio no fue así. La pieza fue agregada como el tercer movimiento de la sonata en si bemol menor, compuesta en 1839. Chopinski tenía 29 años. Había regresado medio muerto de Mallorca, pero ya estaba recuperado.

La versión es de Arthur Rubinstein. Dura poco menos de diez minutos (el interludio hace su entrada en 3:01).
Los invito a escucharla sabiendo que las mismas notas fueron oídas por quienes marcharon tras el féretro de Chopin desde la Iglesia de la Madeleine hasta el cementerio de Père-Lachaise, en París, hace 150 años.


La sonata completa será interpretada por Luis Alberto Latorre el próximo lunes 14 a las 7 de la tarde, en la Escuela de Carabineros, gentileza del GOPE.

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lunes, 31 de mayo de 2010

Chopin: nocturno en mi bemol


Retrato de Chopin pintado por María Wodzinska

Frédéric Chopin conocía a la familia Wodzinsky desde la infancia. En el verano de 1835 decidió pasar una corta temporada con ellos, en Dresde, donde tuvo la suerte de reencontrarse con María, la hija menor, que ya no molestaba a los mayores con sus morisquetas ni corría entre sus piernas, incomodándolos; ahora tenía dieciséis años, era hermosa y pintaba y tocaba el piano. Fréderic, que ya había cumplido veinticinco, retribuía de algún modo a sus anfitriones con las clases de piano que regalaba a María por las tardes. Sobre el piano, exigía el maestro, no podía faltar el cuaderno de música de la niña, donde debían anotarse las ideas musicales que surgieran, si se daba el caso.


Una página de este cuaderno es lo que aquí vemos: un boceto del nocturno en mi bemol, opus 9 n°2, sus primeros compases. Claramente es solo el germen de una idea: la mano derecha, la melodía. Frédéric agregará más tarde la mano izquierda haciendo posible que estos signos garrapateados que leemos con dificultad puedan sonar así:




Una gran idea musical, sin duda.
Sin embargo, un amigo mío encuentra graciosísimo que hubiera sido María y no Chopin el autor del boceto, a instancias, tal vez, de una insinuación del propio Frédéric del tipo: "María... ¿qué tal si improvisa para mí algo en mi bemol, un par de compases tan solo, una melodía serena, que provenga de lo más profundo de su corazón amado?"
María podría haberlo hecho, según mi amigo (sabemos que María componía y, podemos ver aquí, de paso, cómo pintaba). Y entonces Chopin –siempre según mi amigo–, en una acción repudiable, habría copiado subrepticiamente los compases en el cuaderno que tenía a mano, el de María, mientras ésta elevaba los ojos al cielo en busca de inspiración.
No lo creemos posible.
Sea como fuere, Frédéric terminó más tarde la composición en París.

La versión es de la joven pianista Tiffany Poon, nacida en Hong-Kong en 1997.
Cuatro minutos y medio de la pequeña pieza clásica para piano más romántica y popular de todos los tiempos, el nocturno Opus 9 N° 2, en mi bemol, de Frédérik Chopin.


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